Procrastinar y vaguear no es lo mismo ni se escribe igual

Si, ya sé que siempre hemos oído muchas veces y, especialmente de nuestros padres, la famosa frase “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, y nosotros mismos se la hemos repetido insistentemente a nuestros hijos (los que tenemos la dicha de tenerlos).

No obstante, a juicio de algunos escritores, esa costumbre de procrastinar, no es del todo mala; dependiendo de cómo ocupemos nuestro tiempo.

Como pareciera que la palabra está de moda porque hasta grupos de Facebook se han creado a partir del concepto, me voy a permitir hacer algunas reflexiones sobre el tema.

Constantemente nos encontramos en la disyuntiva entre ser productivos o ser vagos. Cuando estamos sin hacer nada, nos carcome la vergüenza de que podríamos estar haciendo algo más provechoso.

Por ejemplo, después de un arduo día de trabajo, no hay nada más sabroso que llegar al hogar y sentarse a ver televisión, oír música, leer un libro o, simplemente, a hacer nada.

El problema es que siempre hemos escuchado que eso no está bien, que hay que ser útiles, es decir, que no debemos procrastinar.

La noticia es que recientemente leí un libro que echa por tierra esa idea. Me refiero a la obra de John R. Perry, “La Procrastinación Eficiente. Guía para dar largas, pensar en las musarañas y posponer todo de manera productiva”.

Perry (que, en realidad su nombre verdadero es Henry Waldgrave Stuart), es Profesor de Filosofía Emérito de las Universidades de Stanford y de California, en Riverside. Ha hecho grandes contribuciones a la filosofía en los campos de la lógica, filosofía del lenguaje, metafísica y filosofía de la mente y, por cierto, es ganador del gracioso Premio Nobel Ig al referido libro. 

El autor, quien confiesa ser un procrastinador y aclara que no es una virtud sino un defecto, plantea una forma diferente de ver este tema. Y se cataloga como un “procrastinador estructurado”.

¿Qué significa ser procrastinador?

Según la RAE procrastinar significa diferir o aplazar. Es la tendencia y el resultado de procrastinar, es decir, de demorar, retardar o retrasar algo.

Wikipedia nos dice que es la postergación o posposición. Es decir, es la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables

Para Marta Romo, licenciada en Pedagogía, Máster en Dirección de Recursos Humanos; formada en Neurociencia aplicada al Liderazgo y especializada en Neuropsicoeducación, “el auténtico procrastinador es aquel que pospone de forma habitual los temas importantes o asuntos que requieren un gran esfuerzo y que, además, lo hace porque cree que solo así obtendrá los mejores resultados”.

Si nos llevamos por las definiciones anteriores, podríamos decir que un procrastinador es alguien que tiene flojera de hacer algo y que prefiere realizar alguna actividad que le produzca mayor placer.

Dicen los expertos que ambas expresiones, “vaguear” y “procrastinar”, no son sinónimas. Que la primera es cuestión de pura flojera (“el sofá me atrae, irremediablemente”) y el procrastinador aplaza las tareas más fastidiosas o con más dificultad, reemplazándolas por otras más agradables (“tengo que limpiar, pero primero voy a revisar el Facebook y los mensajes de WhatsApp”).

 Ahora bien, cuando Perry habla de “procrastinación estructurada” ¿a qué se refiere? Tiene que ver con organizar la estructura de las tareas que tenemos que hacer, de tal manera que se aproveche esta peculiaridad de la conducta.

La teoría de Perry

Muchas veces anotamos en un papel o guardamos memorizadas una lista de tareas a realizar, en orden de importancia. Las más urgentes las colocamos de primero o las marcamos de una forma diferente. Las menos importantes o menos prioritarias las colocamos abajo y, claro está, como vale la pena ejecutarlas, se convierten en un medio para postergar las más importantes.

Dice Perry: “mediante esta apropiada estructuración de tareas, el procrastinador se convierte en un ciudadano útil. Es más, puede incluso adquirir, como me ha sucedido a mí, la fama de que hace muchas cosas”.

La idea es que se entienda que el procrastinador no es que no hace absolutamente nada, sino que hace cosas menos relevantes en momentos puntuales. Es más, se puede lograr que haga tareas oportunas e importantes, mientras sean un mecanismo para no hacer las prioritarias.

“El truco es elegir la clase acertada de trabajos para la parte de arriba de la lista. La clase ideal de cosas tiene dos características. Primero, parecen tener un plazo de entrega bien definido (pero, en realidad, no lo tienen). Segundo, parecen tremendamente importantes (pero, en realidad, no lo son)”, sostiene el autor.

Según ese planteamiento, es posible que algunas de esas tareas las echemos al olvido y no las ejecutemos, lo cual quiere decir que, entonces, no eran tan relevantes. Otras podrán aplazarse por un tiempo y, para la mayoría de ellas, habría que comenzar a hacer una buena planificación para llevarlas a cabo en corto plazo.

La propuesta para ser un procrastinador eficiente es ir paso por paso. Para eso es buena idea hacer una lista a largo plazo en ir subdividiendo por grado de dificultad, realizando las tareas más fáciles al principio e ir tachando las que se vayan acometiendo.

Para Perry, eso tiene un efecto psicológico, ya que produce una sensación de éxito, alienta y hace pensar a la persona que no es un flojo sin remedio. Pero, ¿en realidad, funcionará?.

Organizadores verticales Vs organizadores horizontales

Otro de los aspectos interesantes de la teoría de la Procrastinación Eficiente, es que habla de que existen dos tipos de personas. Los organizadores verticales y los organizadores horizontales.

Los verticales son aquellos que acostumbran archivar todo (en gavetas, carpetas, etc.) para utilizarlo cuando lo necesiten. Los horizontales requieren tener todo a la vista (encima de una mesa, un mueble, etc.) donde puedan verlo con facilidad. Para Perry, la mayoría de los procrastinadores son organizadores horizontales.

Según el autor, el mundo está hecho para los organizadores verticales. Todas las herramientas, equipos y artilugios, son diseñados para ese tipo de personas, sin tomar en cuenta que hay otras que necesitan tener acceso inmediato a todo.

Esta hipótesis llama notablemente mi atención, ya que conozco personas así; sin ir muy lejos, tengo una en casa. Sin poder afirmar a ciencia cierta que sea un procrastinador, mi esposo utiliza el método de la organización horizontal: todo sobre la mesa. Razón por la cual tendemos a discutir sobre eso, ya que yo acostumbro guardar todo (aunque luego no lo encuentre).

¿Es un problema de actitud o psicológico?

Como vemos, Perry nos plantea un enfoque diferente del problema y nos dice que no hay que alarmarse, porque, aunque los procrastinadores no son los seres humanos más efectivos del mundo, pueden lograr muchas cosas, dejando que su energía y creatividad fluyan y disfrutando la vida.

En el lado opuesto, hay autores que consideran que esto podría ser algo más que un mal hábito, entre quienes está George Akerlof, economista ganador del premio nobel, quien publicó un ensayo sobre la dinámica de la procrastinación, luego de que descubriera ser víctima de esta práctica. Él dice que se trata de un impulso natural en los seres humanos.

De acuerdo a esta óptica, algunos expertos consideran que esta conducta puede tener varias causas, entre las que se encuentran inseguridad y poca confianza en sí mismo (miedo al fracaso), evasión (evitar hacer algo por temor o porque no resulta placentero), indecisión (dudas si estaría bien o no, hacerlo) o por activación (posponerlo hasta que ya no puedes seguir evitándolo).

Esta última es la causa que identifica más al verdadero procrastinador, preferir algún placer inmediato, aunque no sea el más importante, que uno alejado en el tiempo. Es decir, el impulso a optar por recompensas a corto plazo.

En este sentido, los expertos consideran que cualquiera de ellas puede llevar a serios problemas psicológicos, que afectarían el bienestar físico y emocional de las personas y hasta hablan de varias etapas para esta conducta.

En la primera fase se percibe ansiedad o incomodidad. En la segunda, se trata de aliviar esa sensación, realizando otras tareas que no sean prioritarias. En la tercera, rehusarse al extremo a hacer la tarea. Tanto, que se inventan excusas catalogándola como incómoda o dolorosa y, por tanto, se justifican mentalmente, diciéndose “no era necesario hacerlo hoy”, “no hay problema en hacerlo mañana”, “mañana será otro día”; etc.

Al final, se llega a un estado de remordimiento, que lleva a iniciar de nuevo el proceso, a fin de sentirse menos culpable y productivo.

Advertimos, entonces, que esto va más allá de ser una conducta pasajera y hay que tomárselo seriamente. Incluso, podría verse como un mal, producto de la modernidad y, quizá, más aún, de la tecnología.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Por supuesto, cada persona es diferente y actúa distinto; no existen fórmulas únicas para todos. Lo primero que debemos tener claro es que necesitamos autodisciplinarnos.

Para tales fines, hoy en día existen múltiples herramientas tecnológicas, que nos aportan diferentes modos de planificar nuestras actividades, para un mejor aprovechamiento del tiempo.

De igual forma, los psicólogos, los expertos en desarrollo personal, productividad laboral, coaching, etc; sugieren diversas técnicas que pueden ayudarnos a combatir esa conducta que tantos problemas puede traer.

Una de la recomendada más frecuentemente es la Regla de los Dos Minutos (GTD), la cual se origina en un método de gestión de las actividades y el título del libro de David Allen, Getting Things Done (en español, “Organízate con eficacia”).

La misma establece que si se planifica una acción que se puede hacer en menos de dos minutos, no hay que planificarla, sino hacerla. Los dos minutos pueden extenderse a 5 o 10, dependiendo de la misma; pero si esta regla se vuelve un hábito, no habrá oportunidad de diferir una gran cantidad de tareas.

Frecuentemente nos pasa que, una vez iniciada una actividad, es posible vencer el miedo o la pereza y tomamos impulso para concretar la tarea. Al dar el primer paso, se vence la resistencia y logramos culminar. De allí que la Regla de los Dos Minutos sea una alternativa valedera.

Otro método propuesto es dividir en tareas pequeñas las más grandes, largas o de mayor dificultad. Este método es útil para ir acometiendo actividades en intervalos cortos y de manera más sencilla e ir registrando las ejecutadas, lo cual nos aumenta el ánimo.

Compartir con otras personas los plazos fijados para completar o entregar la actividad que nos hayamos propuesto podría, también, ser eficaz. A veces, un poco de estrés es bueno para poder alcanzar nuestras metas. Y, mejor aún, si logramos conseguir colaboraciones de amigos o familiares que nos ayuden a no salirnos del cauce.

Quizás, una técnica muy recalcada, pero que no está de más recordar, es evitar entretenernos con personas o cosas que nos alejen del objetivo, especialmente las tecnológicas, que hoy en día consumen una buena parte de nuestro tiempo. Es buena idea darnos una pequeña recompensa, una vez terminada la actividad.

Y algo muy importante, conocedores de nosotros mismos y de nuestros hábitos, es conveniente modificarlos o tratar de ajustar nuestras rutinas para ser más productivos. Es decir, como mencionaba anteriormente, disciplinarnos.

En fin, no sé si con estos ejercicios se curará la procrastinación, pero al menos le podremos hacer frente de manera más efectiva y daremos un paso adelante para lograrlo.

Comencemos de inmediato y asumámoslo como nuestro compromiso personal.

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