Pareciera que cuesta mucho ser honestos

     Estamos viendo, con más frecuencia de lo acostumbrado, a personas que les gusta pasárselas de vivos y hasta hacemos chistes de ello. Es más, en muchos de nuestros países, nos parece de gran orgullo que nos tilden de vivarachos y pensamos que así somos los latinoamericanos, que esa es nuestra cultura e idiosincrasia.

     Pero, en realidad, ¿es eso lo correcto? 

     Hace algunos días leí en un diario brasileño un artículo donde contaban una historia que me gustó mucho. Se las reproduzco tal cual, para que también la disfruten:

     El profesor brasileño João Alberto Guimarães, en un intercambio en Suecia, entró en una estación del metro de Estocolmo. Allí notó que había, entre los tornos electrónicos de acceso al andén, uno que daba paso libre gratuito. Entonces le preguntó a la vendedora de tiquetes el porqué de aquel torno, permanentemente libre para pasar y sin ningún agente de seguridad en las cercanías. La dama, entonces, le explicó que ese paso estaba destinado a las personas que; por cualquier motivo, no tuviesen dinero para pagar su pasaje.

     Incrédulo, acostumbrado a la manera brasilera de pensar, no pudo evitar hacerle la pregunta que, para él era obvia:

– ¿Y si la persona tuviese dinero, pero simplemente no quisiese pagar?

     La vendedora entrecerró sus límpidos ojos azules y con una sonrisa de pureza sobrecogedora, le respondió:

– Pero, ¿por qué ella haría eso?

     Sin poder acertar una respuesta, el profesor pagó su pasaje y pasó por el torno normal, junto con la multitud que también había pagado por sus tiquetes.

     El paso libre continuó vacío.

      Ahora, ustedes dirán (tal como pensé yo), es cuestión de cultura y sí, es cierto. En muchos países la honradez parece que forma parte de su cultura y yo me pregunto, ¿por qué no podemos ser todos así?

     Pero, ¿saben qué?, más que un legado cultural, considero que es falta de valores y, tan es así, que, en líneas generales, nuestros países latinoamericanos figuran entre los primeros en corrupción. Lamentable ¿no?

     Sin embargo, ya sé que no deberíamos generalizar, porque no todas las personas son deshonestas, pero es que en los últimos tiempos vemos que pareciera una práctica común eso de ir por la vida cometiendo fechorías.

     Y no me refiero sólo a los que vivimos de este lado del mundo, porque en otros continentes también existen muchos pillos, pero por ser nuestra región, conocemos más de cerca lo que ocurre.

   Seamos honestos con nosotros mismos

     Tal vez si preguntamos a la gente si se considera honesta, la mayoría diga: ¡claro! No robo, ni mato, y siempre digo la verdad; pero ¿será cierto al 100 %? ¿Seguro que nunca han dicho una mentira?, ¿aunque sea de esas que catalogamos como mentiras piadosas?

     La honestidad no es un estado momentáneo, ni una cualidad acomodaticia que la asumo cuando me conviene y para otras cosas es irrelevante. No es decir una “mentirita blanca” para quedar bien con alguien o parecer importante. Decía Albert Einstein, quien no se tome la verdad en serio en asuntos pequeños, no puede ser confiable en asuntos grandes tampoco.

     Según la RAE, la palabra honestidad se refiere a aquel que es decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, recto, probo y honrado. Es decir, no apunta sólo a ser sincero, sino a ser congruente con las palabras y las acciones.

     El dicho “una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace” no aplica cuando nos referimos a la honestidad.

     Más allá de aceptar algo que uno ha dicho, hecho o dejado de hacer, es esa voz interna que nos dice lo que es correcto o incorrecto, lo que está bien o lo que está mal y cómo debemos conducirnos.

     Si decimos ser honestos, pero mentimos, aunque sea en cosas triviales o, supuestamente insignificantes, por aparentar ser mejores o más importantes que los demás, ya estamos fallando en esa cualidad y sembramos desconfianza en las personas.

     Aquel que engaña, exagera o presume, no es honesto consigo mismo ni con los otros y es motivo frecuente para que la gente lo aparte y/o lo evite. La honestidad implica ser auténtico, genuino e íntegro en todo momento, ocasión y circunstancia. Lo cual quiere decir que hay que tener muy sólido ese valor moral, de manera que nada nos permita quebrantarlo.

Competencia profesional

     En nuestras rutinas laborales, frecuentemente observamos conductas que dejan mucho que desear cuando se trata de ciertos principios, como la honestidad. Nos topamos y, a veces, nosotros mismos actuamos, impulsados con espíritu de competencia. No es que ello sea malo per se, sino que depende de cómo orientemos nuestras acciones.

     Toda persona que actúe de forma negativa con el fin de lograr lo que ansía, sin importar a quien dañe, está faltando a los fundamentos morales de la sociedad y la empresa donde trabaje.

     Dentro de la cultura de cada país, los valores guían las formas ideales de coexistencia. Son los principios y normas de comportamiento por las que cada ciudadano debe conducirse. Por eso, cuando decimos “es parte de su cultura “, nos basamos en formas de proceder ejemplares.

     De allí que parezca contradictorio alardear de ser o enseñar a ser “buenos gerentes”, a personas embusteras, irresponsables, deshonestas y a quienes violan otros tipos de normas de conducta.

     Es cierto que para ser un buen director se requiere tener conocimientos y habilidades en las tareas que desempeña, pero primero debe ser responsable, respetuoso, honesto y honrado. La cualidad fundamental de un líder es tener valores morales arraigados porque, a partir de ellos, se tomarán las decisiones correctas.

     También tenemos que hacer mención de aquellos colegas que podemos tener en nuestros lugares de trabajo, a quienes no les importa valerse de cualquier artimaña para lograr sus objetivos, sin el mayor temor al perjuicio que pueden ocasionar.

La corrupción como forma de vida

     Si bien es cierto que la corrupción no es una modalidad novedosa de actuar, pareciera que en los últimos tiempos se ha extendido en todas las formas y países.

     La descomposición social ha crecido aceleradamente y tal parece que las autoridades que deben velar por ello, hacen caso omiso a las denuncias que puedan hacer los ciudadanos honestos.

     Todos los días oímos hablar o leemos de nuevos casos de corrupción, en los que están involucradas personas de altos niveles socioeconómicos y hasta con grandes títulos académicos o cargos importantes. Antes se les llamaba “ladrones de cuello blanco”, ahora esos cuellos pueden ser de cualquier color, tipo y tamaño.

     Estamos en una etapa tal de degeneración, en la que muchos se aferran a los bienes materiales que poseen, que hacen lo que sea por mantenerlos, incluso hasta cometer graves delitos.

     Y aquí volvemos a lo que nos referíamos antes, a esas personas con mucho título académico y que han escalado posiciones a fuerza de engaños, sobornos, mentiras o prebendas. Esos “gerentes” o “líderes” con ausencia total de valores morales, que hacen lo imposible por conservar posiciones, aún a costa de llevarse al que sea por delante.

¿Será, entonces, que cuesta mucho ser honestos?

     Cuando nos preguntan cuáles son las cualidades que nos gustan de una persona, con seguridad, siempre mencionamos la honestidad porque nos certifica la sinceridad, confianza, lealtad, probidad y responsabilidad; es decir, nos garantiza la integridad de esa persona.

     Cuando somos honestos, somos transparentes en nuestra forma de ser y vivir. Sin embargo, hay personas que con la etiqueta “soy sincero(a)”, sueltan las palabras sin pensar en el daño que pueden hacer y creen que por eso son honestos.

     Si bien es cierto que la sinceridad es un requisito fundamental en las relaciones humanas y sociales, una persona que respete a sus congéneres, debe ser tolerante y dirigirse a ellos de forma cortés, amable y educada. Ello garantiza una convivencia pacífica y de verdadera apertura.

     Pienso que la mayoría, lo que deberíamos buscar en el camino de nuestra vida, sin aspirar a querer ser perfectos en todo lo que hacemos, es demostrar que, realmente, somos honrados, leales, fiables, dignos de confianza, íntegros; y que se nos retribuya en algo esa rectitud con la que actuamos.

     Como bien lo decía Benjamín Franklin: “la honradez reconocida es el más seguro de los juramentos”. Si verdaderamente lo somos, podemos dormir tranquilos.

     Ojalá y todos pensáramos así.

Anuncios

Un pensamiento en “Pareciera que cuesta mucho ser honestos

  1. Pingback: Pareciera que cuesta mucho ser honestos – El blog de Reina Taylhardat

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s