Mi propósito para el nuevo año

     Ya sé que todos los años, cuando se acerca la Navidad y, especialmente, el fin de año, cada uno se traza metas y hace promesas que, a veces, son difíciles de cumplir. Muchos las manifiestan verbalmente, otros se las hacen internamente y hay quienes hasta las publican en las redes y, aunque normalmente me reservo esos pensamientos, esta vez hablaré sobre las mías.

     Quienes me conocen saben que soy católica practicante, pero para todos los que creemos en Dios, independientemente del culto que profesen, esta fecha es significativa del amor y devoción que Jesús tuvo hacia nosotros.

     Es más, hasta los menos creyentes, celebran la Navidad como una fecha para manifestar alegría, entendimiento y demostrar los sentimientos que profesamos por nuestros familiares y amigos.

   Es una época que simboliza que Jesús ha nacido y está en nuestras vidas y, como cristianos, sólo por eso deberíamos sentirnos agradecidos y felices; más allá de las preocupaciones que tengamos.

   Quizás muchos pensarán, que fácil es decir que tenemos que estar contentos y satisfechos, cuando tenemos tantos problemas. Y, hasta estarán pensando, “que fastidio, ya viene esta con una charla espiritual”. Pero ¿se han puesto a reflexionar en qué diferentes serían las cosas si tuviéramos esos momentos de introspección y analizáramos qué hacer para ser más felices y hacer dichosos a los que nos rodean?.

     Todos tenemos dificultades, unos más que otros, pero estas fechas nos invitan a la unión familiar, la solidaridad y el compartir con amigos y familiares, pero, sobre todo, a tratar de estar en paz con uno mismo y con nuestros semejantes.

¿Dónde quedó el sentido de la Navidad?

   Todos los años acostumbro preparar una tarjeta de Navidad y hacérsela llegar a mis familiares y amigos. Analizo bien el mensaje que quiero dar porque me gusta que sea significativo y allí expreso mis deseos para todos. Lo hago con verdadera sinceridad y cariño, porque pienso que, ya que no puedo compartir en presencia, es una forma de manifestarles mi afecto.

   Sin embargo, este año ha ocurrido algo que, particularmente, me llama la atención. Siempre he recibido el feedback de muchos y, aunque no lo hago por eso, he notado que la mayoría de los que han respondido, son los que están fuera de Venezuela.

  Ello me ha hecho reflexionar sobre cómo la situación del país ha trastornado profundamente el verdadero espíritu navideño, no ese que se ha puesto de moda últimamente, que celebran con la entrada del solsticio de invierno y que corresponde más a ritos astrológicos o fetichistas que cristianos.

   Como venezolana residente en el exterior, veo con preocupación cómo se están perdiendo tradiciones importantes en nuestro país. Más allá de la costumbre de dar algún detalle, hacer intercambio de regalos u organizar una abundante cena navideña (porque sabemos las limitaciones que existen), me refiero al de la fraternidad, cordialidad y armonía que demostrábamos especialmente en esta época del año.

     Y me viene a la mente lo que percibí hace un par de meses, cuando estuve en el país. Noté el estado de crispación en el que vive la gente. Todos están a la defensiva y, casi siempre, esperando la ocasión para desatar la polémica. Obviamente, conocemos los motivos y muchos creen que, por estar fuera del mismo, no nos afecta. Lo que sucede, es que ahora lo vemos desde otro ángulo.

    Me preocupa porque así no éramos los venezolanos y la pregunta es ¿vale la pena enfermarse física y mentalmente por eso?. Creo que no. Deberíamos pensar que los valores nos permiten mantenernos en pie y con la cabeza en alto y que no deberíamos dejar que los problemas quebranten nuestra salud e integridad y, en ello, conservar las tradiciones son parte importante.

El mundo está patas pa´rriba

      Para nadie es un secreto que, de un tiempo para acá, los conflictos internacionales son el día a día de la información. Países con desavenencias internas y entre naciones hermanas; líderes políticos, económicos y religiosos enfrentados a sus mismos conciudadanos; pugnas por derechos territoriales y ansias de poder y así muchos otros ejemplos de antagonismos, que tienen a la sociedad en crisis.

    Como sabemos, no solamente Venezuela tiene graves problemas, muchos países los tienen y, entonces, ¿por qué no pensar en lo que podría darnos paz espiritual y moral y trabaar en ello?

     Y sí, ya sé que también estarán pensando que, visto desde fuera, no es igual. Puede ser, pero cuando mi esposo y yo decidimos salir del país (porque nuestros hijos tomaron esa determinación antes que nosotros), lo hicimos para nuestro bienestar, más que material, espiritual.

 Afortunadamente, estamos tranquilos, con las necesidades básicas y de salud cubiertas. En un país que nos ha abierto las puertas y en el que, poco a poco, estamos fraguando nuestro nuevo hogar. ¿Que hay otros problemas?, por supuesto, pero ir conociéndolos y resolviéndolos es parte de ese proceso. Lo importante es que no nos abrumen.

   Para eso, no hay mejor fórmula que huir de todo lo que nos agobia y nos cree intranquilidad.

Disfruten de las cosas sencillas

     Dentro de las tradiciones navideñas hay muchas cosas que podemos hacer y que pueden resultar agradables. No necesariamente gastar una gran fortuna y darnos lujos es lo que nos  da más satisfacción.

  En muchos países, sobre todo en nuestros países caribeños, tenemos la costumbre de que es la temporada (por no decir excusa) perfecta, para beber y comer mucho y nos sentimos mal si no lo hacemos así cuando, realmente, ese no es el verdadero sentido de la Navidad.

    ¿Recuerdan que, cuando niños, salir a patinar o reunirse con las amigos a jugar era uno de los mayores placeres?.  Aunque ya no seamos niños, esos momentos pueden rescatarse e invitar a los amigos a conversar o, si está en la posibilidad, compartir una sencilla merienda, donde cada quien lleve algo. Esos momentos de relax nos ayudan a sentirnos bien.

  Me permito compartir con ustedes un extracto del mensaje de Navidad del Papa Francisco de este año, quien exhortó a que la organización de la cena y la compra de los regalos, no eclipsen el genuino significado de la Navidad.

    Dice Francisco: “Intentemos entrar en la verdadera Navidad, la de Jesús que viene  (“Dios-con-nosotros”, cerca de nosotros) para recibir la gracia de esta fiesta, que es una gracia de cercanía, amor, humildad y ternura”.  Probemos, entonces, a celebrarla bajo las virtudes cristianas, para dicha y satisfacción interna.

Mi resolución para el próximo año

     Como decía al inicio, casi siempre, cuando se acerca el fin de año, proyectamos metas que deseamos cumplir y sé que muchos tratamos de alcanzarlas. Algunos no tienen mucho éxito porque, tal vez, se trazan objetivos muy empinados, por eso hay que ser realistas y saber qué es exactamente lo que nos hace felices.

     Por mi parte, desde hace unos meses he decidido que cualquier elemento que me ponga afligida, molesta o me genere reacciones emocionales adversas, intentaré desecharlo de mi vida, siempre que me sea posible.

    No sé si recuerdan que en un artículo anterior les hablaba de las personas tóxicas (acá se los dejo por si no lo han leído ¿Realmente existen las personas tóxicas?)  y lo traigo a colación, porque para este próximo año me he hecho el firme propósito de apartarme de todas las situaciones, conversaciones o personas que me quiten la tranquilidad espiritual y trastornen mi bienestar físico y mental.

      Ya he comenzado con algunas acciones y espero me den resultado. Del mismo modo, los invito a que traten de alejar cualquier preocupación o problema que les quite la tranquilidad y la paz interior y, si no depende de ustedes, con mucha mayor razón.

   Así que, mis deseos de unas Felices Fiestas para todos y un año 2017 colmado de verdadera felicidad y cosas positivas.

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Un pensamiento en “Mi propósito para el nuevo año

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