¿Paciencia o inteligencia para afrontar las cosas?

        Después de varias semanas alejada de estos lares por algunos motivos personales, retomo esta plataforma para reflexionar un poco sobre el tema de La Paciencia que, aun cuando muchos artículos se han escrito sobre el mismo, deseo hacerlo como un tema de reflexión personal.

        Sabemos que en los últimos tiempos vivimos en un mundo convulsionado y donde la premura forma parte de nuestro día a día y cuán difícil es, a veces, tomarnos un tiempo para desacelerarnos y observar las cosas desde afuera.

       No sé si la paciencia es un don, una virtud o se aprende, pero creo que, como van las cosas, tenemos que empezar a ejercitarla un poco más.

      Recientemente estuve leyendo un interesante artículo en cuanto al tema de La Paciencia, que me llevó a analizar un poco sobre las diferencias culturales que existen entre el mundo occidental y el mundo oriental. En líneas generales, los occidentales andamos contrarreloj, mientras que los orientales toman las cosas con mucha más calma. Incluso se habla de la “virtud islámica de la paciencia”.

        Resulta que la cultura oriental basa esa virtud, en un principio filosófico conocido como Sabr (Así, sin “e”), que los enseña a permanecer espiritualmente firmes y hacer siempre buenas acciones en los aspectos personal y colectivo.

        Para los musulmanes, la paciencia está relacionada con la perseverancia, autocontrol, resistencia y actitud positiva para orientarse hacia un objetivo determinado. Es decir, frente a cualquier resultado no deseado o imprevisto, lo único que hay que tener es… PACIENCIA.

      Qué difícil es verlo desde ese punto de vista o asumir esa conducta cuando nuestra forma de ser es “todo para ya” o “todo para ayer”, somos impetuosos por naturaleza y la paciencia la relacionamos con docilidad o resignación, cuando en realidad no lo sea.

Pero, ¿qué es la paciencia?       

  El Diccionario de la Real Academia nos define el término en varios sentidos, y nos dice que es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse; la capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas; la facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho; y, por último, lentitud para hacer algo.

          Wikipedia nos da una definición más compleja cuando habla de que la paciencia es la actitud que lleva al ser humano a poder soportar contratiempos y dificultades para conseguir algo bien. Y agrega que, según la Filosofía, podría ser definida como: “la constancia valerosa que se opone al mal, y a pesar de lo que sufra el hombre, no se deja dominar por él”.

         Y aquí es donde me pregunto, ¿tenemos paciencia o somos pacientes?  ¿Nacimos con ese don o encauzamos nuestra actitud para perfeccionarlo? ¿Somos valerosos para soportar algo con entereza? ¿Estamos aptos para tolerar situaciones que nos incomodan? ¿Por qué los musulmanes son un dechado de paciencia y los occidentales somos tan inquietos e impacientes?

        Realmente, ¿se han puesto a pensar en la forma tan serena y sosegada con que los orientales llevan la vida? Pueden estar horas pensando o meditando sin que los perturbe o distraiga nada o  se toman el tiempo suficiente para esperar tranquilamente a que se cumpla la meta que se han trazado.

        El artículo mencionado anteriormente, nos ilustra sobre este tema y subraya que, en el islamismo, la paciencia es una bondad, es consciente y, en líneas generales, como no espera nada a cambio, se basa en el total dominio de sus ansias.

        En cambio, pienso que, los de este lado del mundo, no somos tan conformes como para esperar con serenidad algo que nos hemos propuesto y que se tarda más de lo deseado. Más bien, confundimos conformismo con paciencia.

¿Paciencia de la inteligencia o inteligencia de la paciencia?

        Andrés Vélez Calle hace referencia en su artículo La paciencia de los Inteligentes, a un nuevo concepto que se conoce como Patience Intelligence (PI) o Paciencia de la Inteligencia, que se está aplicando en la gerencia actual y basa su fundamento en el Sabr, antes mencionado.

        El objetivo de esta técnica es buscar la manera de “gestionar, monitorear y evaluar las emociones y comportamientos propios y ajenos”, tratando de encontrar la fórmula para que las personas sean capaces de manejarse sin intervención de líderes o jefes. No es otra cosa que AUTOCONTROL.

        Por otro lado, hay también quienes plantean que la Inteligencia, como una condición nata que tenemos los seres humanos, nos permite esculpir, disciplinar y fortalecer la paciencia para lograr resultados óptimos en nuestra vida.

      Es por ello que yo hablo de la Inteligencia de la Paciencia, ya que tenemos que convencernos, primero nosotros mismos, de que somos capaces de moldear esa paciencia para entender y aprender de los errores cometidos y encauzarlos en la búsqueda de soluciones que nos abran nuevos caminos.

        La inteligencia nos permite aceptar que podemos manejar nuestras emociones, desviar los pensamientos negativos y disciplinarnos para trabajar en función de lo que deseamos, utilizando nuestras capacidades al máximo.

        No significa conformarnos o plegarnos a determinadas acciones externas, sino saber esperar con fortaleza y optimismo a que las cosas se darán en el momento oportuno. Obviamente, dirigiendo nuestros actos para lograrlo.

¿Es un don, una virtud o se aprende?

        ¿Cuántas veces hemos oído que la paciencia es la madre de todas las virtudes? pero, a ciencia cierta, no sabemos si es un don, una virtud o una práctica.

        Si tomamos en consideración que un don está referido a un talento que posee una persona y que la diferencia de las demás y que el concepto de virtud hace referencia a una cualidad positiva que permite producir ciertos efectos, podríamos decir, entonces, que La Paciencia, no sólo es un don y una virtud, sino que podemos aprender a ser pacientes.

        En mi experiencia reciente tuve un trabajo que cada día me ponía a prueba esa capacidad. Se imaginarán que dirigir a un gran número de estudiantes de comunicación social y de colegas periodistas que trabajan como docentes, no es tarea sencilla.

        Primero porque, como decimos en mi país de origen, cada cabeza es un mundo y segundo, porque cada día hay una propuesta que estudiar, una actitud que valorar y alguna dificultad nueva que resolver y, como periodistas graduados y otros en formación, cada quien reclama sus justos derechos y quiere ser oído.

        Los que trabajaban conmigo decían que yo tenía mucha paciencia para oírlos a todos y no molestarme con las cosas (a veces con mucho disgusto y subidas de tono) que me decían, y debo confesar que nunca fui así por naturaleza. Inclusive, mi esposo me llama “la instantánea”, porque no soy calmada para esperar… Muy al contrario de él.

       Sin embargo, el tiempo me ha enseñado que la paciencia hay que educarla. Es decir, se cultiva, y aprendemos a ser sensatos y mesurados. Por supuesto, hay personas con más predisposición que otras, pero si entendemos que tenemos la capacidad de controlarnos a nosotros mismos, aprendemos a ser tolerantes, ponderados y justos.

        Y para ello no hay que ser estoicos, simplemente, tenemos que estar conscientes que hay situaciones externas que no podemos controlar, por eso debemos aprender a conocernos y evaluar la forma de reaccionar ante escenarios desfavorables. Solo con fuerza, firmeza y entereza lograremos conducir nuestra vida hacia la realidad que más nos convenga.

La impaciencia también puede llevar al éxito

        Aunque suene contradictorio, algunos especialistas en el tema consideran que una pequeña dosis de impaciencia no está mal. Ella hace que nos movamos un poco más rápido para alcanzar nuestras metas y, a la vez, ayuda a motivar a las personas de nuestro entorno (familiares, amigos, compañeros de trabajo) a buscarle soluciones con prontitud, a las cosas.

        Las personas muy activas viven con intensidad y esa energía no es mala, mientras se sepa canalizar. Ese tipo de personas pone a trabajar a los demás e, inclusive, los induce a ser competitivos y a buscar la excelencia; lo cual es muy bueno en su justa medida.

        Pero como todos los extremos son dañinos, no debemos ser tan ansiosos como para llevarnos al estrés o la angustia. Ello sólo va a causarnos preocupación, intranquilidad y hasta enfermedades nerviosas, teniendo que recurrir, en muchos casos, a ayuda de psicólogos o psiquiatras.

        Sí, ya sé que muchos estarán pensando: “fácil es decirlo, pero…”. Sabemos que hay situaciones de tensión o de tristeza que nos bloquean la mente, más si tomamos consciencia de la misma, podríamos controlarla. La pregunta estaría, entonces, en ¿cómo lograr ese balance?

Lo que me ha servido a mí

        Algunas prácticas que me han ayudado son, en primer lugar, visualizar eso que me impacienta, razonar porqué me inquieta y saber si depende de mí o de otros; saber el qué nos permite saber el cómo. Si depende de mí, analizar cual es la vía para resolverlo. Si es de otros, conversarlo y si no puedo solucionarlo, tener calma y serenidad para que se resuelva en su momento.

        No es recomendable actuar bajo impulsos negativos o emocionales. La ira y la irritación no son buenas consejeras y podríamos arrepentirnos luego de nuestra actuación. Hay que tomar las cosas con calma.

        Una segunda forma de enfrentarlo es tomándonos un descanso y luego retomar el objetivo. En ese lapso, se puede reflexionar sobre cuál es la mejor vía para lograrlo, sin apartarnos drásticamente del mismo.

        Hace poco leí que “La paciencia no es la habilidad de saber esperar, sino la habilidad de saber mantener una buena actitud mientras esperas”, y estoy de acuerdo. Es decir, hay que ser perseverantes y estar positivos todo el tiempo en que lograremos alcanzar lo que nos proponemos, sin desviarnos de nuestro propósito.

        Un tercer consejo es saber beneficiarnos de la situación. Si, una vez detectado el problema, debemos reenfocar nuestras metas, aprovechemos la oportunidad para conocer cosas nuevas que nos nutran, bien sean sitios, personas, labores, idiomas, etc.; ello nos fortalece personal y profesionalmente.

        Y, por último, recurrir a ejercicios que nos llenen espiritualmente y nos liberen de tensiones, como caminar, ejercitarnos físicamente, leer, oir música, orar, meditar y compartir momentos de relajación con personas que uno se sienta a gusto. Eso nos permite lograr paz interior y mantener un equilibrio de cuerpo y espíritu.

        Así que, seamos inteligentes para discernir cuales son los problemas que nos aquejan, intuitivos para percibir cual es la mejor vía para resolverlos y prudentes para aprender a tener paciencia de que cada circunstancia se solucionará en el momento que corresponde y de la meor manera.

        Y entendamos que, como decía Benjamín Franklin, “con la paciencia y la tranquilidad se logra todo…y algo más”.

 

 

Fuentes:

http://www.dinero.com/

http://gia-metalgia.blogspot.com/

http://gabinetedepsicologia.com/

http://toquedeluz.es/

 

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Un pensamiento en “¿Paciencia o inteligencia para afrontar las cosas?

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