Para poder vivir, hay que saber convivir

    Si bien es cierto que el tema de la convivencia ha sido tratado en múltiples artículos, ensayos y blogs, hoy quisiera dedicarle unas líneas al mismo, porque cuán difícil es, a veces, relacionarnos con nuestros semejantes.

     El ser humano es gregario por naturaleza y, cuando Dios creó el mundo, lo hizo pensando en que viviéramos en comunidad, si no, no hubiese enviado juntos a Adán y Eva al paraíso, ¿no les parece? Sin embargo, las personas nos enredamos la existencia peleando unos con otros, en vez de vivir en armonía.

     Se han desatado guerras crueles por causas diversas, tales como luchas por el poder, divergencias religiosas, políticas, sociales, culturales, etc.; que han llevado al caos y a diezmar múltiples sociedades.

     Entre otras, podríamos mencionar las pasadas dos guerras mundiales y, en la actualidad, podemos ver cómo, en el medio oriente, las diferencias en torno a los temas religioso y geográfico han llevado a esos países a conflictos más allá del límite. Sin mencionar los que ha habido (y que en algunos persisten) en nuestros países latinoamericanos.

  Pero la idea no es profundizar en el tema geopolítico sino en la complicada relación de amor-odio que mantenemos los seres humanos. Incluso, entre connacionales.

¿De qué tipos de convivencia hablamos?

     La palabra “convivir”, según la RAE, significa vivir en compañía de otro u otros.  Google nos la define como vivir o habitar con otro u otros en el mismo lugar. Una definición más amplia nos habla de una coexistencia pacífica y armoniosa de grupos humanos en un mismo espacio.

    Como vemos, el concepto no puede estar más claro, vinimos al mundo para vivir en paz y concordia. Buda decía: “Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben no luchan entre sí”. Pero poco caso hacemos a eso.

     Claro está, existen diferentes tipos de convivencia, como la familiar, la social, la ciudadana, la humana, la democrática, entre otras; las cuales revisten importancia según el concepto que se quiera analizar.

   En este caso, quiero hacer hincapié en la convivencia social, que se refiere al respeto mutuo entre las personas, las cosas y el medio en el cual vivimos y desarrollamos nuestras actividades cotidianas.

   Y se preguntarán por qué me enfoco en este tema, y es que recientemente ha habido por estos lados algunos eventos desagradables entre panameños y venezolanos, por los cuales gente de medios y personajes públicos han tenido que intervenir, llamando a la cordura y la reconciliación.

    Este es un tema que hiere susceptibilidades y ha trascendido las fronteras del país, pero, en mi opinión, este tipo de hechos no debería ocurrir cuando todos somos latinoamericanos.

     Tuvimos el mismo Padre de la Patria y, por ende, somos hermanos y en varios momentos de nuestra historia, unos países han apoyado a otros en la consolidación de su identidad y/o en la defensa de su soberanía, como ha sido el caso entre Panamá y Venezuela.

     El hecho de que sean dos naciones diferentes, no nos quita esa raíz latina y lo parecido de ambas culturas, con algunas diferencias, pero no tan marcadas que puedan ser irreconciliables.

   Asimismo, los pequeños países se hacen grandes, aprendiendo de los aportes que puedan traer ciudadanos de otras regiones; visiones diferentes contribuyen al crecimiento socio-económico y al bienestar de los mismos. Estados Unidos e Inglaterra son ejemplos de ello.

   Sin lugar a dudas, las contribuciones que hacen los inmigrantes enriquece la diversidad cultural de las naciones y esto es hoy más real que nunca, por las características de las actividades e intercambios que realizan las personas a nivel global.

     Esto es importante tomar en cuenta para lograr relaciones saludables entre todos sus habitantes y, sobre todo, con naciones hermanas. Ya en su época lo decía el historiador romano Salustio: “Gracias a la unión prosperan los más pequeños estados. Por la discordia se destruyen los más grandes”.

    De la capacidad que tengamos para aceptar y transigir con las diferencias, dependerá que construyamos lazos provechosos y auténticos.

     Un país que en la historia reciente es digno de mención en este aspecto es Sudáfrica, donde luego de una división muy marcada y cargada de odio por lo acontecido durante decenas de años de apartheid, lograron armonizar y actualmente tienen un ejemplo de convivencia digno de ser tomado como referencia.

¿Por qué es importante aprender a convivir?

     Ya muchos saben, porque lo he comentado en otros artículos de este blog, que soy venezolana y llegué a este país (Panamá) hace un año. Como muchos compatriotas, hemos tenido que emigrar en busca de mejores condiciones de vida y tranquilidad.

     Desde que llegamos, mi esposo y yo hemos hecho lo posible por adaptarnos al país y su gente, tratando de conocer su cultura, la forma de ser de sus habitantes y de descubrir sus bellezas. Hace unos meses escribí por acá sobre ello Cómo emigrar y no morir en el intento y Mis primeros seis meses en Panamá y hasta el momento sigo manteniendo que la experiencia ha sido maravillosa.

     Para tener una adaptabilidad positiva creo que lo que más importante es entender que hay que saber tratar a las personas. El respeto, la cortesía, el reconocimiento y aceptación del otro, en un ambiente de diversidad cultural, religiosa, social y política promueven un clima de armonía.

     Si, como inmigrantes, llegamos ofendiendo, pisoteando, vejando a las personas con las cuales tenemos contacto y violando las leyes, el problema somos nosotros y, obviamente, los ciudadanos de ese país tienen razón en molestarse.

     Es como si ustedes invitaran a alguien a su casa y esas personas llegaran criticando y hablando en forma despectiva de ustedes o su familia. ¿Cómo se sentirían?

   Eso, hasta cierto punto, es lo que ha sucedido acá. Algunos de los primeros venezolanos que llegaron al país huyendo de la debacle, venían con humos de grandeza y mentalidad de “yo soy el mejor”, lo cual causó incomodidad y animadversión hacia el resto, aun cuando no se deba generalizar.

     Por supuesto que eso tiene que ver mucho con los valores éticos y morales de cada persona, pero si somos educados y tenemos una actitud de afabilidad, civismo, tolerancia y acatamiento a las normas establecidas, lograremos encajar en una sociedad diferente y que nos acepten, respeten y vean que nuestros aportes son positivos para el país.

Decálogo para la buena convivencia

   La coexistencia pacífica y armoniosa de grupos humanos requiere de ciertas normas para lograr equilibrio y estabilidad. Es decir, aquellas que establezcan algunas pautas de comportamiento para solventar diatribas.

   Por ejemplo, las que a veces ocurren entre familias, en las cuales hay disputas por querer imponerse unos criterios sobre otros. O entre vecinos, porque no respetan las reglas del buen vecino… y lo digo por experiencia porque tengo uno que es un abusador.

     No necesariamente tienen que ser las leyes gubernamentales las que, exclusivamente, regulen esos principios, sino acuerdos tácitos de la ciudadanía que encaucen ciertos comportamientos.

    Les ofrezco este decálogo que conseguí en la página de la Junta de Castilla y León (España), que reúne los requisitos básicos para lograr una armonía en las relaciones sociales. Espero sea de ayuda para muchos:

1.- Si quiero que todos/as me respeten debo respetar a todos y todas.

2.- Si quiero sentirme aceptado/a por los demás, no debo rechazar a los/as otros/as.

3.- Si quiero que me escuchen, debo aprender a escuchar.

4.- Si quiero que me respeten cuando hablo, debo respetar cuando hablan los/as demás.

5.- Si quiero que me echen una mano cuando lo necesito, debo estar dispuesto/a ayudar a otros/as cuando lo necesiten.

6.- Si quiero sentirme a gusto en un entorno limpio, debo contribuir a no ensuciar y cuidar las cosas.

7.- Si quiero que confíen en mí, debo comportarme con sinceridad y honradez.

8.- Si quiero sentirme bien en mi grupo, debo contribuir a crear buen clima de compañerismo.

9.- Si quiero que me traten como a una persona adulta y responsable, tengo que asumir la responsabilidad de mis actos.

10.- Sólo puedo exigir en la misma medida en la que doy y me comporto.

  En fin, hay que aprender que, para llevar una convivencia en paz, debemos ser amables, tolerantes, sinceros, pero evitando calificativos o juicios de valor que denigren o causen malos entendidos y, muy importante, librarnos del rencor por situaciones que ya pasaron; esa es una de las mejores medicinas para el alma y la salud mental.

    Como dice un video que una amiga colocó recientemente en Facebook y que me encantó, debemos darle la vuela a la tortilla; es decir, hagamos borrón y cuenta nueva. Dale la vuelta a la tortilla, allí se los dejo.

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