Hemos perdido desde el pañuelo hasta la urbanidad

Recientemente estuve recorriendo algunas tiendas con mi esposo buscando pañuelos para caballeros y sólo en un negocio logramos encontrar. La respuesta de los vendedores era: eso ya no se usa.

Aunque parezca insólito, esta prenda de uso tan común, se ha vuelto un artículo de lujo y difícil ubicación. Y, así como el pañuelo, muchas costumbres y normas de cortesía también se han perdido en el tiempo.

¿Recuerdan que nuestros abuelos no salían a la calle sin sombrero, saco, corbata y pañuelo? ¿Y, más reciente, que nuestros padres se cuidaban de salir, al menos, sin saco y corbata, aún si el clima era de 40 grados centígrados?

Pues yo aún conservo en la memoria que muchos caballeros también hacían uso del pañuelo, tanto de adorno en la solapa del traje, como en el bolsillo trasero del pantalón con finalidades de higiene.

Sin embargo, esta afirmación de los dependientes de las tiendas, de que el pañuelo es una prenda en desuso, nos llamó poderosamente la atención a mi esposo y a mí, porque, siendo muy utilizada desde tiempos inmemoriales, la cual era signo de pulcritud y elegancia y, en siglos pasados fue símbolo de coquetería y romanticismo, es una pena que esté quedando en el olvido.

Creo que la modernidad y la innovación en productos de aseo personal, tales como las toallitas húmedas, han modificado los hábitos que teníamos para mantenernos aseados. Y que conste que no estoy en contra de su uso, ya que yo también las compro, pero me causa tristeza que muchas costumbres se estén perdiendo.

¿Vestir correctamente también pasó de moda?

Y es que no sólo esa prenda, esté obsoleta y tampoco que yo sea ultra conservadora en la forma de vestir y mucho menos que sea fashionista (como se conoce ahora a los expertos en temas de moda). Tampoco quiero pasar como arcaica o desfasada, pero últimamente observo que hay personas que no tienen el más mínimo cuidado al escoger la ropa para la ocasión.

Salen a la calle con unas fachas, que parece que no se ven en el espejo antes de salir. Son, como decía Oscar de La Renta, víctimas de la moda.

Si bien es cierto que, quienes vivimos en ciudades de clima tropical y caluroso debemos usar ropas más ligeras, hay que respetar algunas convenciones que, no por viejas, están pasadas de moda; por ejemplo, cuando asistimos al trabajo o a la iglesia, por nombrar sólo dos lugares, notamos la informalidad (y a veces hasta la poca decencia) a la hora de vestir. No hay seriedad.

Aunque sabemos que los tiempos han cambiado y que ya no se exige tanta rigurosidad ni convencionalismos al acudir a ciertos sitios, ir de shorts a la iglesia o el trabajo y las mujeres usar escotes muy pronunciados, no es lo adecuado para ninguno de los dos sitios.

O andar como si fuéramos a la playa, en sitios que ameritan un poco más de formalidad, simplemente porque está de moda y todo el mundo anda así, pienso que no es correcto.

Aunque a las chicas más jóvenes y de bonitas figuras se les puede perdonar algunos atrevimientos, la exageración a veces raya en lo vulgar. Pienso que, como padres, hemos tenido demasiada permisividad en ciertos casos y no sólo para nuestras hijas, sino también en el caso de los varones que, a veces parecen indigentes caminando por las calles.

El problema es que muchas modas han sido impuestas por artistas que se han vuelto famosos que, sin querer menospreciarlos, la mayoría son de bajo nivel educativo y cultural, los cuales utilizan indumentarias estrafalarias y antiestéticas para destacarse y llamar la atención. Y nuestros muchachos los imitan simplemente porque si ellos se visten así, son lo máximo.

¿Qué más hemos perdido?

Muchas cosas han cambiado desde que Don Manuel Carreño publicó su celebre Manual de Urbanidad y Buenas Maneras. Quizás muchos jóvenes no han oído hablar del mismo, pero este venezolano, quien fue sobrino de Simón Rodríguez y padre de Teresa Carreño, la eminente pianista venezolana, publicó su libro en 1853, el cual se convirtió en consulta obligada, no sólo en Venezuela sino a nivel continental, al hablar de etiqueta y protocolo.

Aunque sabemos que Carreño editó su texto en otra época, donde la rectitud y formalidad eran exigencia obligatoria de la sociedad, no estaría demás repasar algunas de sus enseñanzas.

Y, tomándolo como referencia, resulta que no sólo el pañuelo se ha ido olvidando, muchos hábitos y reglas de etiqueta que él menciona en su manual, parece que han pasado a ser de extraño uso en la actualidad. Cada día vemos menos personas amables, educadas y cordiales. Tal vez el estilo de vida que llevamos nos haya conducido a eso.

Pensarán, tal vez, que soy muy negativa y tradicionalista y estoy consciente que no todas las personas son así, pero es que cuando te montas en un ascensor y dices “Buenos Días” y pocos te responden o cuando vas en el autobús o en el metro y los más jóvenes no ceden el puesto a mayores, embarazadas o impedidos, te hace pensar que los valores los hemos ido dejando en el camino.

¿Qué nos cuesta decir buenos días, buenas tardes, gracias, a su orden, por favor; cuando atendemos o somos atendidos? ¿Por qué, si tropezamos a alguien sin intención, no podemos pedir disculpas? ¿O si nos equivocamos, no lo reconocemos?

Es que hemos llegado a un punto tal de falta de educación y amabilidad, que no nos importa en lo más mínimo lo que le pase a nuestro vecino, conocido o persona que se nos cruce en el camino; lo cual me parece muy grave.

En innumerables ocasiones nos hemos topado con conductores que te quitan el paso en la vía, se estacionan en las aceras, no respetan la luz del semáforo, se paran en el rayado y no ceden el paso a los peatones.

También vemos cómo algunos, queriendo pasarse de vivos, no respetan las filas, o los más jóvenes no consideran a los mayores; uno se pregunta si los valores que nos inculcaron nuestros padres, se fueron al pote de la basura.

La tecnología nos quitó hasta el compartir

¿Y qué decir del uso de equipos electrónicos cuando estamos en grupo?  Que difícil hubiera sido para Carreño que la gente acatara sus recomendaciones protocolares, en la actualidad.

Nos estamos acostumbrando a ver en las reuniones, cómo los móviles o tabletas ocupan el mayor tiempo de las personas. No es extraño ver en un restaurante, en una mesa con varias personas, que todos a la vez estén pendientes del dispositivo y no de la conversación.

Nos hemos convertido en autómatas y adictos de la tecnología y, aunque sabemos que muchos dependen de ella por negocio o trabajo, que diferentes sería la sociedad actual si utilizáramos más tiempo compartiendo personalmente con nuestros familiares, amigos y conocidos y no a través del WhatsApp.

Algunos expertos dicen que los buenos modales se perdieron a partir de las tres últimas generaciones, cuando las mujeres dejaron de ser amas de casa para convertirse en ejecutivas, pero soy de la idea que tiene que ver más en cómo el desarrollo económico mundial, la globalización y los cambios tecnológicos han cambiado nuestra forma de ser y actuar.

Ahora, somos más dependientes de cosas externas, como los móviles y las tablets, que del intercambio comunicacional directo y las relaciones familiares y eso ha permitido que abandonemos muchas conductas instituidas como ideales, para darle paso a lo que nos acomoda.

Que distinta sería la humanidad hoy en día, si nos dedicáramos a cultivar esas pequeñas cosas que hacen grandes las sociedades, como la humildad, el respeto, el interés por nuestros semejantes, la solidaridad, la cordialidad y el agradecimiento.

Menos mal que muchos diseñadores y expertos en temas de moda opinan que el pañuelo sigue estando de actualidad, no sólo para darle un toque de elegancia a los caballeros cuando lo usan en los bolsillos de los trajes, sino para demostrar que el buen gusto y los buenos modales van más allá de sonarse las narices.

 

 

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